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KRISTONFEST 2014 en Sala Santana 27 (Bilbao, España)

Sábado 24 de Mayo de 2014

por Unai Endemaño

Primero se pega la sorpresa, luego se confirma lo conseguido y por último, toca mantener los méritos alcanzados. En esta tercera fase es en la que se encontraba el festival bilbaíno Kristonfest, en pleno 2014. Habiéndose convertido en el mayor referente estatal en lo que a Stoner se refiere, solo le quedaba competir contra su propio legado para mantener el listón.
Adelantemos en cualquier caso, antes de ponernos con el desmenuce de lo sucedido, que el corte fue salvado con creces. A pesar de lo difícil que se planteaba tras la exitosa edición del 2013, la organización logró que muy pocos saliesen decepcionados de la Santana 27. Sin contar con unos cabezas de cartel equiparables a los impresionantes Clutch de Neil Fallon, podemos afirmar que las cuatros cartas de la noche conformaron una propuesta lo suficientemente sólida, como para que nadie se viese obligado a pedir el libro de reclamaciones.
Llegaríamos hasta la Santana con tiempo suficiente, como para ver la forma en que los primeros aficionados iban movilizándose. Comprobábamos entonces, como el ambiente iba aumentando un poco más lentamente de lo deseable, con los seguidores acercándose hasta el polígono festivalero en goteo exiguo, aunque constante. Una vez cruzadas las puertas del recinto, nos sorprendería comprobar como uno de los flancos de la sala había sido recortado para que no quedasen calvas de mención. No se esperaban multitudes este año.

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The Socks arrancaban con ganas, sin preocuparse por los espectadores que restaban por entrar, arrancando el festival con puntualidad y suficiencia. Tomarían el escenario de manera poderosa y convincente, desplegando su Retro Rock luminoso, con un puntillo hippielongo, pero sonando con bastante más consistencia que en estudio. Julien Meret tomando el centro del escenario, Vincent Baud, el bajo, dedicándose a enchufar fuzz a cada hueco que le dejaban y un batería que cumplía sin destacar.
En lo musical tocarían todo su primer LP de cabo a rabo, cambiando el orden de los cortes, pero sin olvidarse de un solo segundo del redondo. Poniéndonos soberanamente puntillosos, podría habérseles exigido que tocasen algún recuerdo de sus dos EPs primigenios, pero eso ya hubiese sido rizar el rizo de lo correcto. Yo me quedé con ganas de escuchar el delicioso «Time Is Coming», supongo.
Sin entrar a valorar fetiches personales, hay que zanjar que los franceses dieron un conciertazo perfecto para meternos en harina, recordándonos el papel que hicieron el año pasado los Truckfigters, al tiempo que confirmábamos que a los Socks también les queda poco para reventar. Su sonoridad heredada de Black Sabbath, con sombras grunge noventeras y pasaporte prestado de alguna banda sueca, está francamente bien trabado. Acordándonos de los Witchcraft y de los Graveyard es como nos quedamos una vez que los galos hubieron bajado del tablao. Buena señal sin duda.
Los siguientes espadas de la noche serían los que más nombre traían de casa, a pesar de que tras ellos fuesen a tocar otro par de conjuntos. Los padrinos del Stoner noventero Karma to Burn, nada más y nada menos. Una de las formaciones instrumentales de referencia dentro del estilo desértico y posiblemente la que mejor haya sabido dibujar los páramos estadounidenses, sin necesidad de utilizar voces en el proceso.

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Nada más comenzar comprobaríamos la diferencia de volumen con que nos saludaban los de West Virginia. Sin cortarse ni media, exhibían un sonido desfasadamente elevado y parcialmente sucio, que calzaba perfectamente con la temática de sus tonadillas. El espíritu redneck se fundía con riffs cargados de distorsión, tirando de puesta en escena austera y dejando que todo recayese sobre el poderío sudista que trasmitían.
Nos sorprendió el hecho de que colgándose el bajo andaba por allí el bajista de los Exploited, quien lucía camiseta del «Resurrection», rastas larguísimas y actitud como para regalar. A su izquierda estaba el jefazo de los quemadores de Karma, William Mecum, plantado con las piernas separadas, en parecida estampa a como acostumbra Pete Townshend de los Who. Al igual que este ícono de las seis cuerdas, el bueno de William demostró dominar con maestría lo de crear atmósferas con notas suspendidas en el aire, amplificando el valor de cada punteo mientras guiaba los tiempos con su batuta.
Su actuación acabaría siendo lo más animado de todo el Kristonfest, acercándose el micrófono tan solo para presentar alguno de los cortes y sin detenerse en explicaciones superfluas. Provocarían unos cuantos pogos entre los aficionados que poblaban las primeras filas, en medio de su ensordecedora ceremonia. En mi humilde opinión, serían los grandes triunfadores de la noche, interpretando su letal cuenta atrás desordenada y sin sentido aparente. 47, 39, 54, 19, 57, 15, 36, 53, 30, 59 y 20 podríamos haber contado desde que comenzaron, hasta que se despidieron con su último recuerdo al purgatorio salvaje.

Concluida la parte más rocosa del festival, nos vendría encima la más psicodélica, esa en la que los canutos musicales iban a ser servidos desde el escenario. Los primeros en ponerse a dispensar, serían los noruegos Motorpsycho. Un veterano power trío de corte progresivo y progresista -con un cuarto miembro en esta ocasión- que daba la impresión por momentos de sentirse como en el salón de casa. Ahí radicaba lo positivo y negativo de su actuación. Se les veía cómodos en sus zapatos, pero a veces parecían demasiado pasotas, demasiado hippies hasta para lo que allí se celebraba.

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Sus minutos discurrirían raudos mientras nos perdíamos entre sus enrevesados fraseos. La sala entera adoptaría una posición relajada frente a ellos, pasando del fuego que habían provocado los Karma, al éter que brotaba desde la esquina de los Motor. Comenzarían de esta manera, lejos de la parte frontal del escenario, refugiados junto a la batera con estampa propicia para la jam setentera. Cambiarían pronto, por fortuna, encarando más a sus seguidores y propiciando que nos fuésemos metiendo en lo que tenían que contar.
Irían de menos a más a partir de los primeros cortes, en inevitable crescendo pausado, que precisaba de sorbitos minúsculos para ser saboreado en su justa medida. La sensación general era la de un conjunto que cada vez envolvía más a los presentes, sin colocar el foco sobre ningún tema de su repertorio, como si poco les importase cuales fuesen a ser las canciones que esa noche tocaba obsequiar. Como una exuberante sinfonía psicodélica difícil de mascar, así es como pasarían sobre el Kristonfest de este año los Motorpsycho.
No cambiaríamos de tercio, por último, con la banda encargada de cerrar el festi de este año. Los Colour Haze iban a plantear una actuación de temática semejante a la que acababan de perfilar los noruegos, con similares herramientas, pero diferente manera de enfocarlas. Los alemanes sí que utilizarían el repertorio como un arma con el que convencer, exhibiendo algunos de sus temas más populares, haciendo de esta manera, a sus minutos un poco más asequibles para la parroquia y no tan dados al devaneo introspectivo.
Los ambientes lisérgicos predominarían en cualquier caso y no sería la de Colour Haze una actuación para amantes de los sencillos pegajosos, ya que poco iba a ser el rock de pico y pala, que los alemanes tendrían a bien ofrecer. «Love» y «Aquamaria» serían lo más parecido a singles que el conjunto traería bajo el brazo, piezas de más de ocho minutos donde lo instrumental gobernaba sobre lo recitado y las atmósferas evocaban viajes de ácido profundo.
Conseguirían atraparnos en la perfecta burbuja que iban soplando frente a nosotros, en la que nos perdíamos sin prisa por encontrar la salida. Mutaríamos en hippies del desierto por un rato, enfrascados en nuestras propias mentes entrenadas, persiguiendo el ritmo que marcaba el austero bajista de la formación y viendo los minutos pasar sin echar mano del reloj. Concluiría la ceremonia con la brevedad de “Get It On”, después de haber cruzado insondables abismos hechos canción, después de que nos reencontrásemos con las dunas de nuestro querido Kristonfest.

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